Hace un tiempo, tal vez un par de años, tuve una conversación muy interesante con una persona que tiene muchísima experiencia en el trato con los adolescentes, fruto de su desempeño profesional. En esa conversación, que me resultó sumamente enriquecedora justamente porque estábamos nosotros iniciando la etapa de ‘padres de adolescentes’, recordé el sin fin de cambios que se dan en la etapa de la adolescencia. A esto se suman una infinidad de situaciones a las que nuestros hijos se enfrentan, muchísimas veces sin nuestro conocimiento previo ya que ahora disfrutan de mayor libertad e independencia de lo que tenían durante la infancia.
Durante esta conversación, hicimos un razonamiento muy válido sobre la preparación que reciben los soldados antes de ser enviados a un conflicto bélico. Como parte de esta preparación, se les habla claro de lo que pueden esperar encontrar en la guerra: llegar con expectativas claras es lo único que puede realmente salvaguardarles ante las atrocidades que encontrarán…conservando algún balance emocional. En este sentido, a los soldados se les explica (no vayan a pensar que es de vacaciones que van) que tendrán necesidad de dispararle a otros seres humanos, que se enfrentarán con la muerte frente a frente y muchas veces causadas por ellos mismos, que pueden ser ellos mismos los blancos de tiro del enemigo, que probablemente tendrán que presenciar la muerte de compañeros (que en la guerra terminan siendo más que hermanos), que existe la alta posibilidad de tener que auxiliar a algún compañero herido….que esas heridas pudieran ser atroces, etc, etc, etc.
Suena horrendo, pero es muy real. Supongo que si una persona va a la guerra con todo un entrenamiento técnico y las destrezas físicas para enfrentarse con otros en un evento de esta naturaleza, pero no va emocionalmente preparado para enfrentar lo que ello significa, las consecuencias pueden ser seres discapacitados para cumplir con aquello a lo que se les está enviando. Incluso incapaces de reaccionar al enfrentarse con cualquiera de esas situaciones…o seres profundamente traumatizados e incapaces de reanudar sus vidas una vez estén de regreso a casa.
Eso pasa con nuestros adolescentes. La adolescencia, siendo una etapa de transición entre la infancia y la edad adulta, reviste una serie impresionante de cambios y situaciones para las que TENEMOS que prepararlos. Es importante hablarles a nuestros hijos de las drogas, del alcohol, de sexo, del tabaco, de la cantidad de situaciones en las que el ‘río’ de la presión social los llevará en dirección contraria a los valores y principios de la familia…. hay que hablarles de la importancia de ‘ser diferentes’….hacerles entender que las consecuencias de sus actos, aun contando con el apoyo y compañía de sus seres queridos, serán sufridos única y exclusivamente por ellos. Hay que hablarles claramente de la realidad que tienen enfrente. Más aún, cuando a su alrededor se dan situaciones consecuencia de decisiones a nuestro juicio erradas, como embarazos de adolescentes, intoxicaciones por alcohol o drogas, comportamientos amorales, etc. , debemos conversar con ellos sobre ello, a la altura de su edad y madurez. El permitir que nuestros hijos se enteren y estén al tanto, siendo testigos de lo que pasa a su alrededor, es la mejor forma de ayudarles a hacerse conscientes de dónde están ‘las minas del terreno’, hacerse conscientes de ‘por donde vienen los disparos’ en conversaciones a la altura de su edad y madurez. Obviamente, el objetivo de estas conversaciones, nunca será emitir juicios en contra de los demás. Esto no nos toca a nosotros y no hay nada como la vida misma para adjudicar consecuencias. El único objetivo de estas conversaciones será justamente ayudarlos a estar preparados y debidamente entrenados para enfrentar las embestidas del ejército enemigo….y, con la gracia de Dios, salir airosos y emocionalmente preparados para la edad adulta.
Ginia esto es muy importante, debemos preparar a nuestros tesoros para hacer de ellos hombres y mujeres de bien, diferentes a la corriente, ellos están expuestos a más información y a peligros más fuertes que en nuestros tiempos,
Ligia
Tuve una experiencia con dos de mis 3 hijas, son gemelas y por eso, compartían el mismo círculo, aula, gustos y demás cosas que sin ellas decidirlo, tuvieron que asumir. Recuerdo un tiempo pasado que advertimos en ellas que estaban hablando descompuesto, sin las s, usando terminología corriente, (nosotros, tratamos desde pequeñas enseñarles una buena dicción)
al ver ese desastre que estaba aconteciendo, las llamamos a la reflexión y ambas nos dijeron, que a ellas las relajaban en el colegio, les decían que pretendían ser finas, que eran muy correctas y literalmente …le sacaban los pies!
Ellas, para sentirse aceptadas trataron de ser como la mayoría, y nunca nos dijeron hasta que punto se sintieron cómodas en ese nuevo mundo.
Luego de nuestra reflexión regresaron a la posición original y nunca supe su interioridad, que fué muy de ellas, si regresaron producto de nuestra reflexión y queramos o no, presionadas por nosotros. Ojala haya sido la primera, pero lo que viene al caso, es que tanto los adolescentes como nosotros los adultos, perdemos el objetivo primero y giramos, …sin darnos cuenta!
De ahí la importancia de la autoreflexión, que debemos cultivarla para efectuarla siempe, no aveces.
Vilma Checo de Morel